¿Quién Destruyó Tus Ciudades? Probablemente Él, y No Es Quién Piensas

Robert Moses, un planificador obsesionado con las autopistas, transformó las ciudades en laberintos de asfalto, dejando a muchos atrapados en rodeos innecesarios y con un transporte público deficitario. Su visión futurista de los años 50 dejó una marca indelible, aunque a menudo problemática, en el

¿Alguna vez has intentado caminar desde el centro de una ciudad hasta un río o un parque, y te encuentras con… una autopista? Sí, esa cosa de cuatro carriles que parece haberse colado donde no se le invitó, obligándote a hacer un rodeo épico o a confiar en la buena voluntad de los conductores. Pues amigo, es posible que tengas a un tipo llamado Robert Moses por qué tu día a día es un poco más estresante de lo necesario.

Es como si alguien hubiera visto una película de ciencia ficción de los 50 sobre el futuro y decidiera que eso era literalmente el plan maestro para todas las ciudades. ¡Vamos a construir autopistas por todas partes! ¡Así todos podremos ir a Long Island más rápido! ¡A quién le importa si para ello hay que enterrar barrios enteros, cortar comunidades y dejar a la gente sin transporte público decente!

La Salsa de la Historia

  1. El “Genio” con Corbata y una Obsesión por las Autopistas
    Robert Moses no era cualquier ciudadano. Era un tipo que sabía mover hilos para chupar fondos de subvenciones federales, estatales y municipales, todo para sus proyectos de carreteras. Lo dejó todo seco para el transporte público. Como si hubiera decidido que caminar o coger el autobús era cosa de losers, y que el verdadero American Dream era tener una ruta directa al siguiente McDonald’s a 100 km/h. ¡El tipo es el ejemplo perfecto de cómo un solo individuo puede dejar una marca… que más bien parece un lunar feo en el rostro de la ciudadanía!

  2. El Efecto Moses: ¡Más Allá de Nueva York!
    Piensa que Moses solo destrozó Nueva York y ya está. ¡Oh, no! Su influencia fue como una mala canción de verano: pegadiza y molesta en todas partes. Rodeó comunidades enteras, no solo en la Gran Manzana, sino en ciudades por todo el país. Su filosofía parecía ser: “¿Hay un barrio que no me gusta? ¡Pues una autopista ahí mismo!” Y lo peor es que a menudo afectó a comunidades de color y pobres de una manera que, bueno, no fue precisamente “inclusiva”. Es como si hubiera tomado una navaja y se hubiera dedicado a cortar lo que él consideraba “inútil”, sin importarle las consecuencias humanas.

  3. ¿Robert Caro lo Conocía Todo?
    Robert Caro escribió “The Power Broker”, la biografía definitiva de Moses, y es una obra monumental (¡1344 páginas!). Pero, ¿se fijó Caro en todos los rincones del país donde Moses dejó su impronta? Quizás no. Porque incluso en lugares como Niagara Falls, donde hay una autopista que corta la ciudad de las Cataratas del Niágara (¡y que apenas se usa porque no va a ninguna parte útil!), parece que la historia se olvida. Es como si Moses hubiera dicho: “Necesitamos una carretera aquí… ¿para qué? ¡Pues para tener una carretera!” Y la gente que quiere caminar hasta el agua… pues que se las arreglen.

  4. ¿Y Si Quieren Construir un Puente… en Vacío?
    La saga de Robert Moses es tan larga que parece que cada ciudad tiene su propia versión. Por ejemplo, la familia Maroun en Windsor, Canadá, compró barrios enteros hace dos décadas para construir un nuevo puente (competencia del Ambassador Bridge). ¡Dos décadas después! Los barrios están vacíos, como un recuerdo triste, y el puente aún no existe. Mientras tanto, se está construyendo otro puente (Geordie Howe). Es como comprar un terreno gigante para una fiesta, y cuando llega el día, te das cuenta de que no tienes invitados ni música. Solo un montón de tierra esperando… a qué, nadie lo sabe.

  5. Louisville: De Peor a Peor (Casi)
    Louisville, Kentucky, es otro ejemplo clásico. Cerraron una calle para hacer un centro comercial peatonal, luego construyeron una Galleria, luego rehicieron algunos almacenes con fachadas de hierro fundido, luego reabrieron la calle porque nadie iba a caminar y las tiendas se fueron. Ahora, Louisville se jacta de su ruta del bourbon, que es como un museo de historia falsa con un museo de bates de béisbol (¿y quién se acuerda de que la compañía de bates se mudó a Indiana hace décadas?). Es como si cada idea urbanística fuera un tiro al aire, y la ciudad fuera el objetivo. ¡Y a veces, el objetivo se cae de panza!

  6. El Plan Maestro que No Existía
    La cosa es que, a menudo, estas “renovaciones urbanas” no tenían un plan. En Minneapolis, por ejemplo, se derribaron un tercio de los edificios en los años 60 para “combatir la decadencia”. Resultado: un barrio llamado Gateway desaparecido, y años después nadie sabía qué hacer con el terreno. En St. Louis, el lugar donde ahora está la Gran Arco fue un caos de almacenes y edificios comerciales hasta que, años después, pensaron: “¡Ah! ¡Un arco! ¡Eso lo arreglará todo!” Es como si alguien decidiera limpiar el desorden de su cuarto quemando todo, y luego se sorprenda de que no queda nada útil.

  7. ¿Y Si Construimos un Monorriel?
    A veces, la solución parece tan obvia que duele. Como en Louisville, donde la ciudad parece estar esperando a que alguien diga: “¿Y si construyéramos un monorriel?”. ¡Porque eso siempre funciona! O quizás no. Pero es una idea tan absurda que parece que debería funcionar. Es como si alguien dijera: “¡Vamos a construir un castillo de naipes para detener el terremoto!” Es gracioso, pero también triste, porque mientras tanto, las ciudades siguen siendo un desastre.

  8. El Futuro del Pasado
    Pero no todo es malo. Algunas ciudades están intentando arreglar el desastre. Oklahoma City, por ejemplo, está invirtiendo en su centro, quitando autopistas, construyendo parques y mejorando las calles. ¡Y parece que funciona! Aunque sea un poco tarde, y la ciudad siga siendo una extensión infinita de suburbios que dependen de un coche para todo. Es como si alguien hubiera descubierto que la receta que usaron para construir la ciudad estaba mal, y ahora están intentando añadirle un poco de sal… aunque el plato ya esté sobre la mesa.

Hasta la Próxima

Así que, la próxima vez que te encuentres con una autopista donde no debería estar, o con un barrio abandonado que parece salido de una película de zombis, recuerda: quizás fue obra de un tipo con corbata y una obsesión por las carreteras. Y, quizás, es hora de que las ciudades piensen un poco más en las personas, y un poco menos en los coches. Porque, al final, ¿quién quiere vivir en una ciudad que parece un estacionamiento gigante?